
Ahí frente al mar pacífico, juntito a los monos bichis, ante un bello atardecer de todos los días en la hermosa Mazatlán, la perla de los sueños, una jovencita veinteañera espera con ilusión, esperanza y dolores de parto al primer fruto de su amor, un dia como hoy poco más de cuatro décadas atrás.
Tímidamente mira por la ventana del frío hospital del seguro social, escudriñando el horizonte y creyendo divisar muy a lo lejos el barco camaronero que resguarda al amor de su vida, quien no regresará sino hasta poco antes de navidad para las fiestas de fin de año.
Sabe que aunque no esté a su lado, su mente y su corazón la acompañan, sabe que espera también con ansias al primogénito que llevará su nombre, su apellido, su sangre, su pasado y su futuro. Y se hace la luz y ya nada es igual para los dos.
Parto natural, sin complicaciones. Peso correcto. Todo en su lugar. Dos días después, de vuelta en el hogar de los sueños compartidos, a continuar con la vida que ya no sería de dos sino de tres.
De pronto, sin previo aviso, algo no está bien. El bebé no para de llorar, respira con dificultad, la fiebre no cesa. Empieza a convulsionar, sus ojos en blanco, sus uñas y su boca se amoratan rápidamente.
Desesperada lo toma en sus brazos y sale a la calle buscando ayuda. No hay nadie que la auxilie. Camina o más bien corre cuadras y cuadras, en una ciudad que de repente le parecía enorme y desierta, encuentra un taxi y le implora que la lleve pronto al seguro, su hijo se muere.
El auto corre a toda velocidad, no hay semáforos que lo detengan. Surge un grito desgarrador en el asiento trasero: el bebé ya no respira, es un mono de trapo que no reacciona.
En su desesperación clama con todas sus fuerzas a grito abierto: "¡¡¡Dios mío, salva a mi hijo, no te lo lleves todavía, si me lo regresas te lo encomendaré a ti y te juro que le pondré tu nombre!!!". En ese preciso instante, el bebé respira hondo y empieza a llorar con todas sus fuerzas. El milagro se ha hecho.
Ahora la promesa. Días después, el primogénito de Raul Elenes y Flora Angulo, recibe su nuevo nombre "Raul de Jesús", el pacto se cumple.
Humildemente agradezco a ese par de jovencitos y al Señor de la vida, la bendición de haber sido aquel niñito renacido.
Hoy vuelvo a renacer de nuevo. Hoy reconozco a ese Jesucristo como mi Señor y Salvador, para la gloria de Dios.
A partir de hoy, renuevo el pacto de la vida, por el resto de mi existencia. Amén.